martes, 21 de abril de 2009

La ‘doctrina Obama’ en política exterior todavía no puede considerarse exitosa.

En su reciente viaje a Europa, recibió ovaciones pero volvió sin nada: ni estímulo fiscal coordinado, ni nuevos compromisos de más apoyo militar en Afganistán.

¿Cómo no impresionarse con la energía y la confianza en sí mismo de Barack Obama? Si uno le habla a este hombre de una crisis financiera que bastaría para abrumar a un presidente, él ve la oportunidad para “rehacer” la economía de Estados Unidos. Uno puede descartar esto como exuberancia retórica, pero cada vez es más evidente que su ambición es real.

En materia de política exterior se ve la misma disposición, la misma voluntad de aplicar un nuevo pensamiento a los viejos problemas. En los últimos días la administración Obama ha ideado una serie de nuevos enfoques e iniciativas. Como ocurre con la crisis financiera, parece que Irak y Afganistán –que es donde actualmente EE.UU. tiene más en juego y que constituyen una carga aplastante por sí mismos– son pruebas demasiado simples: recientemente la Casa Blanca ha hecho contactos en relación a Cuba e Irán, además de reenfoques diplomáticos con México en particular y Latinoamérica en general, y también con Rusia, China, Medio Oriente, la OTAN, el calentamiento global, las instituciones financieras internacionales y casi cualquier otra cosa que uno pueda nombrar.

En todos los casos Obama parece decir que su gobierno está empezando de cero, y si puede romper con los fracasos diplomáticos y estratégicos de George W. Bush mucho mejor.

Internamente, Obama quiere empujar a EE.UU. en dirección a un contrato social más socialdemócrata con cuidado de la salud para todos y un sistema de impuestos y beneficios más enfocado a reducir la desigualdad. Puede ser cuestionable si esto es prudente, factible o, incluso, si es lo que el país quiere, pero el tema que conecta todos los puntos es claro. ¿Puede decirse lo mismo en materia de política exterior y empezar a hablar de la doctrina Obama?.

Su estilo y temperamento constituyen una doctrina, la respuesta es sí. Los rasgos intelectuales que Obama valora más en sí mismo y en los que lo rodean son el pragmatismo y la perseverancia. Un aspecto de ese pragmatismo es el deseo de crear alianzas, enfriar viejas enemistades y esforzarse por obtener los objetivos de EE.UU. a través de la cooperación y no la confrontación. El problema es que la mayor parte de los presidentes de EE.UU., incluyendo al predecesor de Obama, pensaban lo mismo hasta que los golpes del mundo los hicieron cambiar de idea. La doctrina de política exterior sólo se pone a prueba cuando la cooperación en la búsqueda de intereses mutuos no logra resultados.

Aunque es muy pronto para descartar los acercamientos amistosos de Obama, hasta ahora no pueden describirse como un éxito. Este mes viajó a Europa y recibió ovaciones a cada paso. Sin embargo, volvió sin nada: ni estímulo fiscal coordinado; ni compromisos significativos de nuevo apoyo militar en Afganistán. El mundo estuvo de acuerdo en oponerse a una prueba con misiles de Corea del Norte; EE.UU. insinuó incluso que podía derribar el cohete, pero el lanzamiento siguió adelante sin repercusiones. EE.UU. y sus aliados no lograron coordinar una respuesta.

Pronto los líderes que dicen admirar tanto a Obama tendrán que devolver algo más que simpatía. Si los aliados de EE.UU. siguen demandando los beneficios de la cooperación sin los costos, el respeto de Obama por ellos, y también el de su país, se evaporará, y ese será el fin de la doctrina Obama.