viernes, 24 de abril de 2009

La moral de los derechos (Por Alejandro Rozitchner).


Existe una moral, es decir, un sistema de valores, al que podríamos llamar moral de los derechos. Dice: por haber nacido tenés derecho a una buena vida. A ser bien tratado por tus padres, a su amor, a ser bien alimentado, a tener una buena educación, a recibir una adecuada atención de tu salud, a ir a la universidad, a tener un buen trabajo, a vivir en una vivienda digna y agradable, a vivir una relación amorosa (o muchas), a hacer una familia. Tengo derecho, dice uno, me corresponde, es legítimo. Perfecto. ¿Es esto una mentira? No. ¿Está mal tener derechos? De ninguna manera, es perfecto. ¿Y entonces? Cabe la siguiente afirmación: una moral de los derechos -una visión del mundo basada en los derechos- es una desgracia, una visión patológica e ignorante de las realidades naturales y sociedades, que son en el fondo las mismas. Epa. ¿Por?.

La moral de los derechos genera la ilusión de que la vida plena es algo que viene dado con la existencia. Que por el mero hecho de existir a cada ser vivo le corresponde una gran vida. He nacido: háganme feliz. Y es falso. Uno tiene todos los derechos que quiera, pero después tiene también ¿deberes? Sí, pero no me parece que ese sea el punto, o al menos no la palabra justa, porque propone nuevamente la distorsión de una impostura moralista. Uno tiene sus derechos y luego tiene su aventura personal. Es decir, tiene que lograr por sí mismo lo que sus derechos plantean como horizonte deseable. Porque los derechos, así planteados, como los concebimos nosotros en nuestro sentido común, en ese sentido común que es la matriz reaccionaria, conservadora, inmadura de la que surgen nuestras frustraciones nacionales, solamente una expresión de deseos. Con los derechos decimos lo que nos gustaría que sucediera en el mundo.

Todos los niños argentinos tienen derecho a una buena alimentación. ¿Sí? Sólo un loco diría que no. O un ser nefasto (el famoso e inexistente derechista que el progresismo propone como su cuco eterno). Pero todavía no se tocó el punto central, que es el siguiente: ¿cómo hacemos para darles de comer? El derecho está correctamente enunciado, pero no ha cambiado la situación. ¿Cómo hacemos para que efectivamente todos los chicos coman, tengan buena educación, para que sean bien tratados, queridos, sostenidos, ayudados? El ciudadano tendrá todos los derechos que quiera, pero sus realidades parecen ir por otro lado, ¿a cargo de quién está la brecha que separa estas instancias?.

El problema con la moral de los derechos es que nos pone en situación de reclamo y no de acción. Nos hace creer que el hambre se soluciona exigiéndole al gobierno que cumpla. Muy digno, realmente muy digno, pero completamente ineficaz. O sea: no tan digno, al final. Un amor que no sabe cuidar no es un buen amor. Una preocupación que no sabe lograr los resultados que dice buscar puede ser una preocupación falsa, actuada, representada, pero no ejercida al punto del logro. Un amor fracasado no es un amor.

La moral de los derechos pone a muchos ciudadanos en plan de lucha. Promueve las actitudes de reclamar, exigir, pedir, movilizarse hasta que se encuentre respuesta. Pero el plan de lucha no sirve, porque las cosas hay que hacerlas. Y nadie sabe cómo hacerlas. No hay nadie a cargo. No hay un papá de la sociedad que pueda por medios supremos conseguir que la realidad obedezca a nuestros deseos o derechos. Más que luchar tendríamos que enfocar la creación de una forma que logre los resultados que buscamos. No es lucha, es invención, paciencia, trabajo, ganas, entusiasmo. No es reclamo: es aporte. No es denuncia, es construcción.

Digamos de paso que la moral de los derechos expresa un ideal. Una visión de cómo las cosas deberían ser, pasando por alto que tal imagen sea completamente irrealizable. Tengo derecho a vivir en un mundo sin lluvias fuertes, sin terremotos, sin insectos peligrosos, sin accidentes, sin muerte. Pues no, todo eso pasa. ¿Entonces?. De allí nace la muy común filosofía de la decepción y el desencanto. Este mundo es malo: no me dan lo que me corresponde. Pero lo que a cada uno le corresponde es lo que logre hacer. Por más que ahora quede muy bien estar en contra de la idea de que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen, la frase expresa una verdad incontestable: ¿por qué si no un pueblo llegaría a haber tenido tal gobierno? Incluso si el argumento señala la ingerencia de un poder externo, en nuestro caso más una alucinación victimizadora que una realidad comprobable, el punto es por que y como el país se dejó hacer, se dejó ganar por otro al punto de no poder lograr su desarrollo.

La moral de los derechos es un mal marco para entender la política, y un punto de partida completamente inadecuado a la hora de hacer un aporte. Valdría más una moral de acción o de entusiasmo, una moral que sepa valorar el deseo, que lo promueva, que establezca la legitimidad de los problemas y sepa abordarlos. (La moral de los derechos presenta a los problemas como si siempre fueran creados por una intención maligna, cuando la verdad es que son la materia base de toda realidad).

No se trata entonces de hacer que nuestros jóvenes conozcan sus derechos, sino de que aprendan a hacer cosas, a construir realidades, a intervenir y ser capaces de dar forma. No es fácil, no es rápido, nunca se logra totalmente. Pero es lindo vivir en la tarea de hacer, mucho más lindo y pleno que vivir en la representación de reclamar, pedir, exigir. Los movimientos sociales basados en los derechos suenan como los caprichos infantiles: son legítimas expresiones de deseo, pero los deseos no se satisfacen exigiendo nada, hay que darse maña, inventar algo, hacer lo propio. No hay derecho que nos salve de vivir, ni hay por qué salvarse.