sábado, 4 de abril de 2009

El mayor mérito de la cumbre del G-20 fue reconocer que el paisaje geopolítico cambió.


El proceso promete enquistar el hábito del multilaterialismo en un mundo multipolar aunque será necesario más que una cumbre para que consolide un nuevo orden global.

La cumbre de Londres no fue, después de todo, un fracaso. Es más, la reunión de los líderes del mundo fue un éxito sustancial. Es cierto que, por toda su esmerada diplomacia, Gordon Brown de Gran Bretaña no puede decir que ha salvado al mundo. Sin embargo, los historiadores registrarán este encuentro como el momento en que un mundo amenazado por la agitación económica y política por primera vez se miró atentamente al espejo.

Quienes ven la política como un acontecimiento, y no como un proceso, se sentirán decepcionados. Lo mismo ocurrirá con quienes esperaban que la cumbre arregle la economía mundial. El mundo es demasiado complejo para la gratificación instantánea que exigían los canales de 24hs de noticias.

El comunicado final estuvo repleto de endulzantes lingüísticos que hablan de una diferencia de diagnóstico y de remedios para las enfermedades económicas del mundo.

Esperar algo distinto de esta cumbre es no comprender la naturaleza de la política y la escala del desafío. Angela Merkel estaba planteando lo obvio cuando dijo que todos los líderes tenían decidido defender su propio interés nacional. Siempre fue así.

Los asistentes a la cumbre tenían sus propios puntos de referencia histórica y cultural. Cuando estudia las medidas para promover la recuperación, Alemania recuerda las consecuencias negativas que dejó la inflación de la República de Weimar. Estados Unidos rememora la misma época, pero por sobre todo en la mente del presidente Barack Obama está la miseria humana de la Gran Depresión.

Estos encuentros no pueden borrar esas diferencias. El propósito es alinear, en lo posible, los intereses nacionales y mutuos. Brown logró arrastrar a los líderes en esa dirección.

En cuanto a la economía internacional, todos concuerdan en que las cosas serán complicadas, especialmente en las economías más pobres del mundo. Por otro lado, no coincido con los pájaros de mal aguero que creen que nos estamos dirigimos precipitadamente hacia un Armageddon económico.

El sistema bancario todavía necesita ser reparado. Tal como advirtió Dominique Strauss-Kahn, el director general del Fondo Monetario Internacional, muchos bancos todavía están ocultando activos tóxicos. El Fondo también avisó sobre una potencial crisis financiera en Europa central y oriental. El derrumbe en el comercio mundial es una medida de la rapidez con la que las malas noticias rebotan en todo el sistema global.

Strauss-Kahn observó que pese a las recientes peleas, las economías líderes han cumplido con el pedido, por parte del Fondo, de un impulso fiscal de 2% del producto global. Además, el mundo observó un estímulo monetario sin precedentes, con tasas de interés muy cercanas a cero.

El comunicado también incluye una enorme inyección de fondos para elevar el poder de fuego de las instituciones financieras internacionales, para que puedan apuntalar a las economías emergentes y apoyar el comercio. Las cifras aquí fueron mayores a lo que algunos optimistas esperaban. Dejo para los contadores el análisis de las declaraciones sobre regulación bancaria y refugios fiscales. Pero las medidas drásticas contra las cuentas bancarias en Liechtenstein no es lo más urgente.

La mayor importancia de la cumbre recae en el tácito reconocimiento de que ha cambiado el paisaje geopolítico. No hace mucho, ésta habría sido una reunión del Grupo de las Ocho naciones ricas, quizás con la actuación especial de China, India y otros pocos. Ahora, Hu Jinato, Manmoha Singh y el resto ocupan sus lugares por derecho propio. El mundo, en otras palabras, finalmente está teniendo una verdadera imagen de si mismo.

El proceso promete enquistar el hábito del multilaterialismo en un mundo multipolar. La historia nos recuerda que los grandes cambios en el poder mundial, como el que estamos viviendo, frecuentemente termina en una guerra porque los estados que ascienden desafían el status quo. Las pocas discusiones sobre los refugios fiscales y la regulación bancaria son un pequeño precio que hay que pagar para tener una transición pacífica.

El manejo de la relación sino-estadounidense durante la próxima década requerirá de un extraordinario arte de gobernar en ambos países. Europa todavía tiene que encontrar una salida de su actual estado de negación. Las naciones en ascenso no se despojarán fácilmente de las sospechas en Occidente. Por lo que seguramente habrá fisuras y fracturas. Será necesario más que una cumbre para que surja un nuevo orden global. Pero que los líderes se miren más atentamente al espejo es un bueno inicio.