lunes, 16 de febrero de 2009

Un análisis del significado de la reelección presidencial indefinida.


El actual presidente Hugo Chávez va por la reelección indefinida. Por la posibilidad de postularse y ser reelegible indefinidamente, lo cual no significa ser reelegido, es obvio. Ha buscado cada año, año y medio reafirmarse plebiscitariamente.

Por cierto que una oposición racista, pronorteamericana, entreguista, violentista; en dos palabra, mantuana o escuálida, explica buena parte de esas jugadas plebiscitarias del líder bolivariano. Pero el camino se hace al andar y a veces es bueno ver el camino que terminamos construyendo.

La “Revolución Mexicana” de 1910, la primera gesta revolucionaria masiva del siglo XX en el mundo entero, surgió en respuesta a la reelección indefinida del modernista, positivista, cientificista, racionalista, Porfirio Díaz. Contra lo que alguna vez se llamó el porfiriato: tres décadas bajo la batuta de un militar al que todo “el mundo civilizado” le agradeció frenar la guerra civil que desangraba al país entre clericales y anticlericales tras la invasión y la ocupación de medio país por EE.UU.

Todo esto significó una enorme modernización del país, con vías férreas, barcos y carreteras dedicadas a las operaciones de sangría y a la vez dinamizando las áreas de la industria y la actividad local conectadas con la operación de lo que Eduardo Galeano bautizara sistema de “venas abiertas”. Es obvio que Chávez ha asumido su actual liderazgo con rasgos muy diversos a los del arquetipo del despotismo ilustrado latinoamericano que generara –contra su voluntad– el vendaval de la primera revolución agraria americana contemporánea.

Tiene también llamativas coincidencias. Chávez es también modernista, pero ha optado por los pobres y perseguidos del planeta, como lo mostró claramente ante las atrocidades sionistas en Gaza. Díaz cambia muy prestamente su desconfianza hacia EE.UU. mediante el cómodo expediente de sostener que el despojo a México fue fruto del Sur, pero que con “el yanqui” es todo distinto… Aun cuando Chávez disfruta y depende de una estructura de país dependiente y sangrado; toda Venezuela ha ido constituyéndose en función de la extracción y exportación de petróleo para “el mercado mundial”, un eufemismo para referirse al centro enriquecido del planeta (la OCDE y poco más), es decir, aun cuando Chávez asienta su poder y acción en la estructura del tipo de la que forjó Porfirio, Chávez se plantea, precisamente, lo opuesto: romper esa dependencia.

Por eso, incluso proyectos de modernización agraria impulsados con el mismo enfoque de exportación periferia-metrópolis –como el amorío que tuvieran técnicos bolivarianos con Grobocopatel, el namberuán de la soja argentina, un émulo perfecto del porfiriato modelo s. XXI– no ha prosperado. La defensa de la soberanía alimentaria lo ubica a Chávez del otro lado de las bardas de la modernidad. No es entonces por las posiciones o estrategias que podemos preocuparnos en una comparación Díaz-Chávez.

Pero la realidad, la difícil, esquiva realidad, no son sólo posiciones, fines que se buscan obtener. Son también métodos, estilos, medios. No sólo por aquello de que el fin no justifica los medios sino porque los medios van configurando un fin, al margen de las proclamas que sobre los fines se hagan.

Sin duda Chávez se vale de un acentuadísimo liderazgo para llevar adelante lo que considera valioso. Y todo liderazgo, a medida que se acentúa y profundiza, va gestando un entorno de creciente dependencia y mansedumbre intelectual.

A mayor liderazgo, mayor sumisión, pero sumisión de la que es difícil de enfrentar porque se trata, con palabras de Étienne de la Boétie, de una “servidumbre voluntaria”. Un liderazgo fuerte, un unicato, es lo opuesto a la idea de un “pueblo fuerte” que nutrió tantas ansias libertarias en la lucha contra el capital en los últimos doscientos o trescientos años.

Así que, con toda la simpatía que nos pueda deparar la brillantez y la agudeza de un Chávez para desnudar las miserias personales, y políticas, de un pendejo como Bush y su secretaria, la señorita Arroz, con todo el apoyo que merece Chávez cuando le para las manos a los técnicos “enamorados” de la siembra directa de transgénicos que no se dan cuenta que existe una modernización capitalista que acentúa los males de nuestras sociedades actuales y que, en todo caso, está por verse una modernización tecnológica que nos abra otra senda que no nos lleve al estropicio planetario (que cada vez nos golpea más cerca), acentuar el liderazgo personal de Chávez –o de cualquier otro– sólo servirá, nos parece, para debilitar el pensamiento propio, el discernimiento, el respeto a la experiencia de vida de cada uno.

Se trata de una cierta legalidad histórica, con todos los reparos que quepan a la noción de ley para hablar de fenómenos sociales: a mayor liderazgo, mayor obsecuencia. Todos los movimientos políticos observan el mismo proceso: un liderazgo fuerte sofoca el pensamiento –y la acción– independientes; en cambio estimula la obsecuencia, el acatamiento. Cuando se trata de procesos frescos, eso no se nota tanto, porque el líder suele ser un primus inter pares, pero el tiempo se encarga de “depurar” (si no lo hace el mismo líder, como es el caso paradigmático de Stalin) “iguales” y va gestando cada vez más seguidores.

La historia está plagada de ejemplos en los cuales un determinado proceso, una determinada revolución termina en los antípodas de lo que había declamado. En general, ese camino se fue tomando por el cansancio o el abandono desde las bases, o por la guía, nefasta, de las direcciones, que siempre reafirman el mandato revolucionario primigenio para llegar a menudo a su más terrible contracara. Es bueno ir poniendo las barbas en remojo cuando uno ya ha visto tantas barbas arder…