sábado, 14 de febrero de 2009

Los matices y sesgos de la obamamanía en la Argentina.


A pesar de su corta trayectoria política y de las evidentes dificultades que está encontrando en sus primeras semanas como presidente, el liderazgo de Barack Obama ha tenido un notable impacto en la Argentina, tanto en el oficialismo como en la oposición.

La ola de empatía y esperanza que ha despertado en todo el mundo la llegada de Obama al poder estaba destinada a influir en la cultura y los discursos políticos de esta época. En efecto, es muy probable que estemos ante una coyuntura que sea recordada en el futuro por los historiadores como un punto de inflexión. Y no sólo por el hecho de que un presidente negro haya llegado al poder, sino que además está obligado a enfrentar una de las crisis económicas más graves y complejas de que se tenga registro.

Lo llamativo, en todo caso, consiste en identificar qué ideas o propuestas desarrolladas por el presidente norteamericano despierta el interés de los actores políticos. En efectos, estos recortes o selección de cuestiones permiten entender cuáles son los aspectos acerca de los cuáles nuestros líderes se sienten inseguros o al menos pretenden justificar mejor, mediante el uso de la popularidad y el prestigio de Barack Obama como una suerte de bálsamo de legitimación.

No se trata, ciertamente, de una estrategia discursiva y política novedosa. Desde siempre se ha utilizado el "método de la autoridad" para fortalecer una opinión determinada en un contexto de debate o confrontación de ideas. Esto es así tanto en la política, en los litigios judiciales, en las discusiones académicas y hasta en nuestra interacción cotidiana con amigos y familiares. El viejo historiador inglés R. G. Collingwood lo denominaba el método de "tijeras y engrudo": la identificación de argumentos de personas o figuras prestigiosas para fortalecer las opiniones propias.

También es cierto que las modas facilitan la identificación con un universo más amplio que justifica decisiones individuales en un amplio rango de cuestiones, desde la ropa o la música hasta la filosofía política y las ideas económicas. Distintos teóricos como Veblen, Simmel y Barthes han precisamente desarrollado la importancia y el impacto de la moda tanto desde el punto de vista sociológico como económico. Es como si el hecho de que muchos otros, incluso una mayoría, hagan o piensen algo similar en diferentes latitudes tuviera el peso suficiente como para justificar que eso mismo pueda ser hecho o pensado por uno. Es como si las modas escondieran y acotaran la debilidad o la inseguridad de un sujeto respecto de cómo es, piensa, consume, etc.

Aunque todos sabemos que las modas son pasajeras: esto debiera alertarnos sobre los graves riesgos que puede implicar para una sociedad caer en la tentación de los argumentos mayoritarios, tan caros a la tradición populista. Esto es, como una mayoría hace o piensa una determinada cosa, eso está por definición bien.

Ahora bien, ¿qué es lo que les interesa a los políticos argentinos del fenómeno Obama? Tomemos el caso del matrimonio K. Tanto Cristina como Néstor han hecho múltiples referencias a que, de alguna manera, hay un común denominador entre las políticas económicas por ellos implementadas desde el 2003 a la fecha y las del presidente norteamericano. En particular, esto tiene que ver con el papel del Estado. Es cierto que el kirchnerismo alentó el retorno del viejo intervencionismo estatal y la recentralización de atribuciones en el Poder Ejecutivo. Nótese que aún antes de la modificación del régimen de jubilaciones y pensiones, más del 70% del gasto público era controlado por el gobierno central, en detrimento de las autonomías provinciales.

¿Piensa Obama que ese es en efecto la estrategia de desarrollo más conveniente? En absoluto: el papel del gobierno nacional debe ser el de participar de manera puntual y transitoria allí donde su función sea estratégica y no pueda ser protagonizada por el sector privado. Más que desplazar al mercado, en la concepción de Obama el papel del Estado consiste en ser una suerte de comodín que debe intervenir de forma acotada y sujeta a múltiples controles. Así, en su discurso de presentación del paquete de salvataje al sistema financiero, el secretario del Tesoro, Tim Geithner, informó que todo el dinero que habría de transferirse a las entidades podría ser monitoreado en tiempo real en una página de Internet.

¿Cree Obama que debe reforzarse el poder del gobierno central en relación a las autoridades estaduales? Todo lo contrario: su decisión de mejorar los estándares de medio ambiente y forzar a las empresas automotrices a innovar en materia tecnológica, una de sus primeras acciones de gobierno, revirtió la política implementada por su antecesor, que precisamente imponía el criterio del gobierno federal por sobre los estados. En oposición, la administración Obama fortaleció las autonomías de los Estados en materia de legislación ambiental y reconoció el liderazgo de California en ese sentido.

Es cierto que la reciente referencia que hizo Cristina a que Obama podría haber leído a Perón resultó particularmente ofensiva a la tradición progresista del país, la región y el mundo: el líder justicialista no fue ciertamente el primero en reconocer la importancia de la clase obrera y de los gremios en la sociedad moderna. Al menos un siglo y medio antes que Perón llegara al poder en la Argentina ya había gente preocupada por el impacto de la Revolución Industrial y de las nuevas formaciones urbanas en el paisaje europeo. De todas formas, puede interpretarse, al margen de constituir un caso grave de provincialismo y aislamiento intelectual, como una necesidad de reforzar la legitimidad de la agrietada doctrina justicialista gracias al prestigio y popularidad de que la goza Barack Obama.

En nuestros años sesenta, en un gran libro sobre el clima intelectual de esa década, Oscar Terán reconstruyó la manera en la que buena parte de su generación consumía bienes culturales: leía literatura, filosofía, sociología e historia, veía cine y teatro, debatía el presente y el futuro. Lo hacían pensando en que la revolución era inevitable, que el capitalismo iba a desaparecer. La pregunta no era si eso iba a ocurrir, sino cuándo y cómo. Se trata de una forma peculiar de enfrentar el desafío de la lectura: suponiendo que uno tiene la razón y que cualquier texto que uno tome sirve para ratificar esos principios.

Los Kirchner, socializados políticamente en la década del 70, mucho menos reflexiva y más violenta, no pertenecen a esa tradición intelectual. Tampoco tuvieron la oportunidad de enriquecerse con las experiencias de tantos exiliados que aprendieron que el verdadero socialismo requería de una democracia plena y de un Estado de bienestar eficiente y solidario. Pero fundamentalmente, lo que le falta al matrimonio gobernante y a la mayoría de la clase política argentina es pensar sin condicionamientos, prejuicios, ni categorías absolutas. Liberarse de las tradiciones culturales y políticas para, mediante un diálogo franco y abierto, informarse y entender lo que piensan y opinan los demás. Sobre todo, los que lo hacen de manera diferente. Lo importante no siempre son las similitudes, sino las diferencias. Lo que piensan, opinan y sienten los otros es lo que nos ayuda a crecer, a mejorar nuestra percepción de la realidad, a cuestionar críticamente nuestras decisiones.

De este modo, la obamamanía no resultaría solamente un fenómeno superficial y pasajero sino que podría contribuir a enriquecer el debate ciudadano y a mejorar nuestras prácticas políticas. Hay mucho de innovador y desafiante en el pensamiento y las propuestas del nuevo presidente de los Estados Unidos. Pero tenemos que estar dispuestos a cuestionar e incluso contradecir lo que creemos que está bien.