Mucho antes de que se definieran las candidaturas, publiqué un artículo en el que afirmaba que el próximo presidente de Estados Unidos sería negro o mujer: Obama o Hillary. Semejante anticipo, cuando ambos no eran candidatos ni estaba presente la crisis económica global (muchos la consideran como el puntapié final que entronizó a Obama), respondía a un análisis de la sociedad americana. ¿Por qué? Hasta Chavéz deberá morigerar su furia contra un hombre que tiene en su espalda la historia de la esclavitud. Bush era un verdadero blanco móvil. Más allá de todo, odiar a un negro o a una mujer es mucho más difícil. La gente cree que el americano promedio se mira el ombligo. Error. Como cualquier imperio exitoso, es plenamente conciente de su rol de líder. Por crueles e injustas que parezcan, sus guerras se hacen en nombre de un “valor universal”. Israel ataca a Gaza para defenderse. Cada vez que los americanos atacan a alguien buscan un argumento superador del nacionalismo o el territorio. Puede ser la “libertad”, la defensa de un “estilo de vida”, etc. Al menos desde la imagen, su nación es un territorio sin límites, un espacio de valores; nunca un cerco territorial. Se llaman a si mismos “América”; jamás “América del norte” (nosotros nos cansamos de hablar de sur). Su cine es “el cine”; jamás el “cine americano”. Si se miran el ombligo es porque lo posicionan como el ombligo del mundo. ¿Qué otra cosa hay que mirar? Esta estrategia puede tener o no fines perversos, pero es brillante y digna de admiración. Con Bush tensaron la cuerda. El hombre parecía salido de una de vaqueros. Ya era hora de darle otra imagen al planeta. ¿Cambiará la historia? Seguro que no. Bolivia elige a Evo (otro símbolo) y antes de sumar, destruye. Hace rato que los americanos eligieron un camino. Sólo que, cada tanto, mueven las fichas de sus símbolos. Y lo bien que hacen.