
Nuestro país es el segundo estado más extenso en Sudamérica y el octavo en el mundo, no tiene conflictos raciales o étnicos, vive en democracia, es abundante en recursos naturales y en recursos humanos de calidad, pero tiene un notable déficit de desarrollo. Este Bicentenario encuentra a la Argentina en un tiempo de crispación, divisiones, desigualdades, y oportunidades perdidas.
El índice de desarrollo humano de la ciudad de Buenos Aires, capital de nuestra República, es un 75 % superior al de Formosa, Corrientes o Chaco. Un niño que nace en un hogar pobre está casi condenado a la supervivencia. Uno de cada cuatro argentinos es pobre, y uno de cada tres trabajadores está en negro.
La gran deuda que mantiene el país es la deuda social, a pesar del crecimiento a tasas chinas de la última década. La mitad de las familias argentinas tienen la certeza de que no van a poder prosperar. Esa falta de expectativa, que se tradujo en el deterioro de la pujante clase media argentina, es la gran deuda nacional.
La niñez debe ser el centro de nuestro esfuerzo, empezando por los hijos de las familias desempleadas o con trabajos informales. No nos podemos quedar en las transferencias de ingresos, como la asignación por hijo. Es vital pensar en otras intervenciones desde la educación, la salud, el acceso a la vivienda, a la infraestructura y a un hábitat saludable. La doble escolaridad y los jardines de infantes para los hogares pobres deben ser pronto una realidad. También el diseño de un plan de desarrollo que cree condiciones propicias para una Argentina con más inversión y pleno empleo.
Estamos viviendo en un modelo de crecimiento con creciente inflación, y no debemos olvidar que cada punto de aumento en los precios genera 73.000 nuevos pobres. Sin reconocimiento oficial del problema y con un discurso que pregona un falso rechazo del ajuste, el gobierno está aplicando el ajuste de la inflación sobre los más vulnerables.
Junto a lo social, tenemos una deuda institucional. Por historia y cultura somos presidencialistas, pero lo que no podemos es ser hiper-presidencialistas. No debemos admitir que un poder avasalle a los demás, y menos que los desautorice en su rol. Justicia independiente, organismos de control en manos de la oposición, un jefe de gabinete que articule en serio con el Congreso, diálogo político entre sectores, libertad de expresión y prensa, previsibilidad en las reglas, no pueden ser sólo expresiones de deseo.
Otra deuda es con el federalismo. No puede haber discrecionalidad en el manejo de dinero y un reparto tan injusto de los recursos entre la Nación y las Provincias. Este Bicentenario nos encuentra en contradicción con la tradición federal de la Argentina, y debemos revertirlo, volviendo a la síntesis imaginada por Alberdi allá por 1853.
La vuelta al mundo es crucial. Hay que dejar de negar al mundo, salir a relacionarse con madurez y objetivos claros, salir a competir, a relanzar el Mercosur. La política exterior debe rediseñarse pensando en maximizar al trabajo argentino y el pleno empleo.
Los políticos tenemos una deuda con la sociedad. Las internas deben ser transparentes para que puedan ser ordenadoras del sistema político. La elección de los dirigentes que nos van a gobernar no puede seguir saliendo de unos pocos entre cuatro paredes, como ocurrió con mi partido, el Justicialismo, en 2007.
Hoy debemos sumar, pero sin anteponer individualidades. Hay algunos que atentan contra la construcción de alternativas poniendo su candidatura por delante. Los que dicen que quieren construir pero empiezan aclarando "el candidato soy yo" le hace daño a la oposición y a la Argentina.
Es tiempo de dar un salto cualitativo en al discusión. Dejar de pujar por "el número" y por "los números" (quórum y dinero) y empezar a discutir las políticas públicas que resolverán los problemas reales de la gente. El Bicentenario debe inspirarnos a dar ese salto.
::: Por Francisco de Narváez, Diputado Nacional :::
El índice de desarrollo humano de la ciudad de Buenos Aires, capital de nuestra República, es un 75 % superior al de Formosa, Corrientes o Chaco. Un niño que nace en un hogar pobre está casi condenado a la supervivencia. Uno de cada cuatro argentinos es pobre, y uno de cada tres trabajadores está en negro.
La gran deuda que mantiene el país es la deuda social, a pesar del crecimiento a tasas chinas de la última década. La mitad de las familias argentinas tienen la certeza de que no van a poder prosperar. Esa falta de expectativa, que se tradujo en el deterioro de la pujante clase media argentina, es la gran deuda nacional.
La niñez debe ser el centro de nuestro esfuerzo, empezando por los hijos de las familias desempleadas o con trabajos informales. No nos podemos quedar en las transferencias de ingresos, como la asignación por hijo. Es vital pensar en otras intervenciones desde la educación, la salud, el acceso a la vivienda, a la infraestructura y a un hábitat saludable. La doble escolaridad y los jardines de infantes para los hogares pobres deben ser pronto una realidad. También el diseño de un plan de desarrollo que cree condiciones propicias para una Argentina con más inversión y pleno empleo.
Estamos viviendo en un modelo de crecimiento con creciente inflación, y no debemos olvidar que cada punto de aumento en los precios genera 73.000 nuevos pobres. Sin reconocimiento oficial del problema y con un discurso que pregona un falso rechazo del ajuste, el gobierno está aplicando el ajuste de la inflación sobre los más vulnerables.
Junto a lo social, tenemos una deuda institucional. Por historia y cultura somos presidencialistas, pero lo que no podemos es ser hiper-presidencialistas. No debemos admitir que un poder avasalle a los demás, y menos que los desautorice en su rol. Justicia independiente, organismos de control en manos de la oposición, un jefe de gabinete que articule en serio con el Congreso, diálogo político entre sectores, libertad de expresión y prensa, previsibilidad en las reglas, no pueden ser sólo expresiones de deseo.
Otra deuda es con el federalismo. No puede haber discrecionalidad en el manejo de dinero y un reparto tan injusto de los recursos entre la Nación y las Provincias. Este Bicentenario nos encuentra en contradicción con la tradición federal de la Argentina, y debemos revertirlo, volviendo a la síntesis imaginada por Alberdi allá por 1853.
La vuelta al mundo es crucial. Hay que dejar de negar al mundo, salir a relacionarse con madurez y objetivos claros, salir a competir, a relanzar el Mercosur. La política exterior debe rediseñarse pensando en maximizar al trabajo argentino y el pleno empleo.
Los políticos tenemos una deuda con la sociedad. Las internas deben ser transparentes para que puedan ser ordenadoras del sistema político. La elección de los dirigentes que nos van a gobernar no puede seguir saliendo de unos pocos entre cuatro paredes, como ocurrió con mi partido, el Justicialismo, en 2007.
Hoy debemos sumar, pero sin anteponer individualidades. Hay algunos que atentan contra la construcción de alternativas poniendo su candidatura por delante. Los que dicen que quieren construir pero empiezan aclarando "el candidato soy yo" le hace daño a la oposición y a la Argentina.
Es tiempo de dar un salto cualitativo en al discusión. Dejar de pujar por "el número" y por "los números" (quórum y dinero) y empezar a discutir las políticas públicas que resolverán los problemas reales de la gente. El Bicentenario debe inspirarnos a dar ese salto.
::: Por Francisco de Narváez, Diputado Nacional :::