
En “Para leer al Pato Donald” (Siglo XXI editores), los investigadores A. Dorfman y A. Mattelart cuestionan al famoso personaje de Disney desde una mirada política que no perdió lucidez ni actualidad en los temas que aborda -mundo del trabajo, imaginario infantil, ocio, dinero, etc- a más de 30 años de la primera edición.
Las historietas de Disney representan un sano esparcimiento para los niños; son puras e ingenuas, de una bondad insospechada, donde los pequeños se recrean alegremente y sin conflicto alguno frente al espejo de Mickey, Pluto, el Pato Donald y tantos otros personajes que el gran Walt supo concebir.
Refutar un juicio más o menos similar parece ser la punta de lanza que motivó a los investigadores Ariel Dorfman y Armand Mattelart a escribir en la década del 70’ “Para leer al Pato Donald”, un libro pionero, de barricada y programático (fue parte del proyecto pedagógico que impulsó el gobierno de Salvador Allende en Chile) que abrió camino con una propuesta audaz en el ámbito de los Estudios Culturales en América Latina y que la editorial Siglo XXI reeditó recientemente.
Los autores analizan desde una clave política al imperio de los dibujos animados con el fin de desmontar la estructura del emisor. ¿Qué leen Dorfman y Mattelart en los pliegues, en las hendijas del discurso del cómic? Lejos de acompañar una mirada superficial, angelical y contemplativa del Pato Donald, argumentan que es el portavoz del american way of life, la encarnación de la ideología estadounidense.
El texto denuncia la colonización cultural. De ahí, entonces, la prosa apasionada, el tono polémico y parcial, que aglutinó fuertes críticas tanto de la derecha como de la izquierda de aquel entonces.
Debe recordarse que la obra ve la luz en un contexto donde estaba en boga la Teoría de la Dependencia, la relación entre los países del Tercer Mundo con Estados Unidos y la descolonización africana.
Debe recordarse que la obra ve la luz en un contexto donde estaba en boga la Teoría de la Dependencia, la relación entre los países del Tercer Mundo con Estados Unidos y la descolonización africana.
En el mundo de Donald y Tío Rico, el proceso de producción nunca es social (el biológico tampoco, los personajes se reproducen de la nada y no existen padres ni madres), siempre es natural y mágico; el oro pasa desde la naturaleza a los dueños sin mediar trabajo, no por nada el ámbito fabril brilla por su ausencia o se representa como un chiste o algo anecdótico.
Disney exorciza la historia, señalan los autores, todo producto se realiza sin sangre, sin sudor, sin esfuerzo y en el cómic se esconde la ley de la selva, aseveran incisivos.
La crueldad, el chantaje, las debilidades ajenas, el poder y el individualismo son el combustible de la historia (del Pato Donald, claro) que le dio felicidad y le arrancó sonrisas a tantos niños como aquellas que se le dibujan a Tío Rico mientras nada en su pileta de oro.